Pasear por un joven olivar en la provincia de Rieti en pleno verano, cuando el calor intenso y el estrés hídrico deberían poner en evidencia todas las limitaciones de una plantación, llevaría a esperar árboles fatigados. Sin embargo, la realidad es otra: copas equilibradas, carga productiva bien distribuida y ninguna señal evidente de sufrimiento. No es cuestión de suerte. Es agronomía.
El resultado nace de
una elección clara y consciente: situar el equilibrio vegetativo productivo en
el centro, principio fundamental de la olivicultura moderna. En un olivar
racional, un árbol “Bonito” no sirve de nada si no es funcional. Un
árbol equilibrado trabaja correctamente, sin desperdicios y sin forzar su
fisiología.
Cuando el equilibrio es
adecuado, no existen ramas dominantes ni excesivamente vigorosas. La superficie
foliar es proporcional a la carga de frutos, y la madera productiva convive en
armonía con la madera de renovación. Este equilibrio se percibe de inmediato al
observar la copa: uniforme, luminosa, bien aireada, sin congestiones ni vacíos
estructurales. Incluso las plantas de relleno, aunque más jóvenes, pueden
entrar en producción de forma precoz cuando se integran en este esquema
fisiológico correcto, sin comprometer su desarrollo futuro.
La forma de conducción
adoptada es el cespuglio libre (vaso libre) según los principios
Zaragoza, una elección nada casual. Este sistema permite al olivo expresar su
arquitectura natural, evitando rigideces geométricas innecesarias que a menudo
generan más problemas de los que resuelven. Frente a formas demasiado restrictivas
o a interpretaciones erróneas del vaso policónico, el cespuglio libre garantiza
menos intervenciones correctivas, menor riesgo de desequilibrios vegetativos,
elevada adaptabilidad a diferentes vigorías varietales y una gestión más simple
y sostenible a lo largo del tiempo. No significa dejar el árbol a su suerte,
sino acompañarlo, observar con atención e intervenir solo cuando realmente es
necesario.
El núcleo del sistema
reside en la capacidad de autorregulación del olivo. El mecanismo es simple y
extremadamente eficaz. Las ramas ascendentes, al cargarse de frutos, tienden de
forma natural a curvarse. Esta curvatura modifica el equilibrio hormonal de la
rama y estimula la emisión de nuevos brotes de renovación precisamente en la
parte externa del arco. De este modo, el árbol actúa simultáneamente en dos
frentes: lleva a maduración la producción del año en curso y prepara la madera
productiva para la campaña siguiente. Todo ello sin estrés, sin podas drásticas
y sin intervenciones invasivas.
Este enfoque confirma
una verdad agronómica esencial: luchar contra la fisiología de la planta es
siempre un error. La producción no debe forzarse, sino acompañarse. Un olivo
correctamente formado es capaz de autogestionar gran parte de su equilibrio, con
beneficios concretos como mayor estabilidad productiva, reducción de los costes
de gestión y mayor longevidad de la plantación.
En conclusión,
favorecer la curvatura natural de las ramas, contener las dominancias
vegetativas y adoptar una forma flexible como el cespuglio libre significa
construir un sistema productivo fisiológicamente equilibrado, duradero en el
tiempo, eficiente desde el punto de vista productivo y fácil de manejar en
términos operativos.
Es olivicultura
moderna. Es agronomía aplicada. Y, sin rodeos, es buena técnica.
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Nota editorial:
Contenido
original a cargo del Agrónomo Vito Vitelli, elaborado y optimizado con el apoyo
de herramientas de inteligencia artificial con fines divulgativos, informativos
y de valorización técnica.
Actividad divulgativa
realizada en colaboración con:
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